viernes, 21 de marzo de 2008

El insomne

Su cuerpo pasto del insomnio, permanecía como un monolito, y el paso de los minutos era todo lo que lo constituía. Llegaban historias minúsculas, historias latentes de viviendas cercanas, que caían en la tela de araña de sus oídos. Una vez atrapadas, su mente se avalanzaba sobre ellas ávida de eventos, y las desgranaba.

Oyó crujir un mueble, y le resultó extraño que ese crujido tuviese lugar, que hubiese sucedido en ese momento y no en cualquier otro. De acuerdo, los materiales son los que son, la temperatura es la que es, y los crujidos se producen cuando se tienen que producir. Pero...¿qué era lo que ligaba a todo, lo que tenía todo en común, de trasfondo, para que las cosas se relacionasen? ¿Cuál era el marco común, el esperanto que hablan las cosas para entenderse entre ellas?

Pensó: "es extraño el modo en el que suceden las cosas, y es un concepto extraño, el tiempo...es...antinatural, como los números enteros".

Resaca

El sol arrojaba luces poliédricas verdosas entre las hojas, como esmeraldas. La existencia no tenía afilado su garfio para poder rasgar esta espesa corteza. Como la noche anterior el descanso había sido un duro trabajo, ahora el descanso seguía costando un serio esfuerzo. Levantarse había sido como la amputación de un miembro. En la cabeza, algodón sucio, virgen, como adolescente que aun no se depila. En la cabeza, lana sucia, sudada, maloliente aún en al oveja.

La risa, el llanto y otros monstruos

Es como si las palabras se arremolinasen, como si hicieran un círculo de coartadas en el que unas se cubren a otras, cada definición nos lleva a nuevas definiciones. Es como si la realidad se arremolinase, cada día se justifica con el siguiente o, a veces, con el anterior, arrastrados por las grandes palabras, por las grandes coartadas. ¿Qué hay en el centro del remolino?

A veces salimos por un momento de la línea de sucesos, de la cadena de producción, y nos acercamos a ese centro hueco. Esos momentos son una disrupción de la lógica, una ruptura del tejido del lenguaje. Algo consigue burlar, inesperadamente, las redes de la razón y se escabulle directamente a lo que somos en el fondo, a las profundidades en las que no hay protocolos a seguir. Un ataque de risa, un beso o la destrucción de algo en lo que habíamos basado una parte de nosotros mismos; pueden ser ejemplos de esas situaciones atípicas que se nos escapan al control, que rompen para bien o para mal la rutina.

Todos sabemos que necesitamos ese tipo de cosas para seguir vivos, porque bajo una capa superficial de racionalidad tenemos una gran masa de magma visceral que es donde va a parar todo aquello que no puede ser expresado, pero nos acercamos a ella temerosos; tememos lo extremo e irreversible, el animal salvaje no civilizado: la realidad sin sentido.

sábado, 15 de marzo de 2008

Un día más

Y cada día el sol se pone lo mismo que sale, sobre un planeta en el que básicamente no ha pasado nada. Los ricos siguen en sus ricas camas y los pobres es sus aceras pobres. Y cada día un gigantesco pedrusco da una vuelta más completamente inconsciente, completamente dormido al significado, sólo siguiendo la eterna fuerza que lo obliga a seguir errático y ciego una trayectoria entorno a una estrella como insecto ahogado que gira antes de ser absorbido por el desagüe del tiempo. Y todo esto durará lo que tenga que durar, y si es mucho tiempo o poco, y si es grande o pequeño, y la diferencia entre un planeta y un insecto ahogado, es sólo una cuestión de escalas.

A Devesa

De allí recuerdo el frío olor húmero de algas y piedra, y de jabón puro, artesanal, que exudaba del lavadero en el que las mujeres frotaban la ropa. Recuerdo el sonido constante, rítmico pero caótico como casi todo, del chorro de agua único que después fluía hacia los diferentes
compartimentos del tanque.

De la hierba emanaba un perfume intensísimo, verde, casi selvático, que con la claridad de un dardo se insertaba en el fondo de las fosas nasales y saltándose todos los controles accedía a las raíces de la memoria. Según soplase el viento, a veces se mezclaba con la brisa sorda, cálida y adherente procedente de los campos cereales. Ambos aromas formaban una bandera bicolor que ondeaba con brío y marcaba cada rincón con el símbolo del verano.

También estaba el olor a madera aún un poco verde ardiendo en la cocina de mis abuelos. Durante la mañana mi abuelo pelaba patatas en el patio, las gallinas a veces intentaban explorar la cocina, y se oía el canto jilguero, lastimero, de las ruedas de los carros movidos por vacas.

Un silencio mortal engullía al pueblo durante el mediodía. Parecía que la vida misma había quedado en estado de suspensión, esperando un semáforo, un permiso para volver a circular, como si de repente el tren del tiempo se hubiera metido en un largo túnel de otro universo. Ni los animales rompían aquel gran bloque de nada.

Las noches tenían cuerpos bordados de estrellas y cosquilleaban los murciélagos, a veces algún lobo proyectaba un aullido. La única iluminación era la de las charlas de madrugada.

El paraíso

El cielo, el paraíso, es una propiedad de las cosas. De todas las cosas. Así como todo tiene su color, su peso, su textura, de la misma forma, si observas con detenimiento, puedes percibir, sensorial, físicamente, su parte de paraíso. Algo así como su alma, la esencia que hace que al percibirlas no sean borrones de un determinado color, peso, o textura, que no sean un conjunto de propiedades, sino la proyección de una sensación de ellas mismas dentro de nosotros. La observación de esta porción paradisíaca de cada objeto sume al espectador en una ensoñación, en un ensimismamiento, que le permite recuperarse a sí mismo, identificar también la parte de paraíso que hay en él, y que conecta con todos los otros fragmentos de paraíso, formando uno solo.

La mancha

La tarde era soleada. Cerró los ojos y la luz de la habitación quedó unos instantes tenuemente marcada en sus párpados, por dentro.

La tarde era soleada. Cerró otra vez los ojos, algo intrigado. La luz de la habitación permaneció su retina, como antes. Pero entre las manchas de luz había una luz roja, que no se correspondía con ninguna real.

Con los ojos cerrados, recordó, visualizó cómo era la habitación. Extrañamente, en su visualización también aparecía una mancha roja en la pared. Por mucho que intentara hacerla desaparecer de su imaginación, la mancha permanecía. Siempre que pensaba en el dormitorio, aparecía manchado. La mancha era algo incontrolable, como un hueco del pensamiento, como algo que uno no había puesto ni podía quitar de ahí, algo inalterable. Se podría decir que era un escollo de realidad en la imaginación, algo que permanece se piense como se piense. Al intentar eliminarla del pensamiento, sentía algo parecido a una obsesión; el rojo eclosionaba sin control, acudía a la escena mental sin poder evitarlo.

Decidió dejar de lado el tema, con cierto desasosiego. Pero más tarde no pudo evitar, un poco para intentar quitarse ese absurdo de la cabeza, pedir a su novia que visualizase la habitación con los ojos cerrados. Es un juego – dijo. La cara de extrañeza de la chica le dio la respuesta.

A partir de ahí comenzó todo.

jueves, 6 de marzo de 2008

Amor

Lejos de las definiciones peliculeras, exóticas y arrebatadas propias de los chavales que se besan con ruido de sorber la sopa, hay una realidad en la palabra amor. Una realidad que no es rosa ni perfecta, que se teje más por lo cotidiano que por las hazañas puntuales.

En TV3 hay un concurso interesantísimo, se llama “Sis a traïció”. Prescindiré de explicar todo el mecanismo, pero el concurso tiene un punto clave: al final, dos concursantes se sitúan con 50.000 euros entre ellos. Cada uno de los finalistas ha de decidir si quiere compartirlos o quedárselos, y guardar en secreto su decisión hasta que la desvelan los dos al mismo tiempo. Si los dos deciden compartir, el premio se comparte. Si uno decide compartir y el otro no, el premio íntegro es para el que ha decidido quedárselo. Y si los dos quieren quedárselo, nadie gana el premio. Este último caso ocurre en un porcentaje de ocasiones asombroso, y creo que en las relaciones de pareja sucede algo parecido: existe un miedo adolescente a hacer el ridículo, a ser el pringado, el timado, una especie de miedo escénico mientras interpretamos el papel que se supone que nos toca según la moda de turno. El resultado: ninguno de los dos quiere arriesgar, invertir el tiempo y el ego necesarios para llegar al otro, habiendo el riesgo de no ser totalmente correspondido y acabar siendo el pringado, el loser. Nadie quiere ser un perdedor, y se hace difícil depositar tu confianza en otra persona como si fueras tú mismo. Como en el concurso, si nadie apuesta, nadie gana. Pero tampoco nadie es el perdedor, y eso es lo que hace atractiva la opción.

Hace tiempo aprendí una lección: has de hacer lo que realmente te apetezca hacer. Si haces un trabajo que te gusta, no has de darle importancia a si tu jefe gana más y trabaja menos y todo ese tipo de cosas…eso da igual, el trabajo es sólo algo entre tú y lo que tú haces. Si el trabajo es vocacional, es sólo una vía para que tú te aportes algo a ti mismo. De la misma forma, en una relación no puedes estar pendiente de tu “sueldo”, de lo que recibes, o de lo que recibe el otro, sino que has de disfrutar de la relación en sí misma. Es curioso que hoy en día tanta gente disfrute cuidando animales y sea tan poco frecuente que alguien disfrute cuidando a otra persona. No por lo que la otra persona le vaya a devolver, sino sólo por el placer de dar. Si no lo haces así, te expones a la frustración, a no se te recompense con tanto como has dado. Pero si disfrutas por ti mismo de la relación, si tú mismo coges de la relación aquello que te llena, esto no ocurre en ningún caso, y cualquier historia será constructiva. Tanto en el caso del trabajo como en el caso de la relación, nadie quiere “que se aprovechen de él”. La realidad es que siempre se van a aprovechar de ti; si no ¿por qué deberían contratarte? Pero se trata de que tú obtengas aquello que necesitas y te compense, da igual cuánto obtengan los demás.

Muchas veces sucede que estamos en pareja como actores-espectadores, como si un actor invitase a otro a su obra y al día siguiente el otro le devolviese el favor invitándole a la suya, cuando en una relación los dos actores están en la misma obra. Y nos sentamos ahí en nuestra butaca, expectantes por ver con qué obra nos devuelve nuestra colega la obra que nosotros interpretamos ayer, cuando en realidad los dos estamos en el mismo escenario.

Cada vez más tenemos la actitud de disfrutar la vida al máximo, de realizarnos, de tener en cuenta que sólo se vive una vez. Cada vez la gente viaja más, hace más puenting y prueba nuevas experiencias. En este contexto, ¿cómo ha podido quedar tan arrinconada la experiencia de comunicarse sinceramente, tal como pensamos para nuestros adentros, con otra persona? Confiar tanto, abrirse tanto, dar tanto, es sin duda arriesgado, pero es un experimento que nadie debería morir sin haber intentado. En el mejor de los casos, la otra persona estará en nuestra onda y tendremos una experiencia personal fantástica, habremos dejado de estar solos con nuestros pensamientos, proyectos y dudas; siempre habrá quien nos apoye incondicionalmente. Y en el peor caso, podremos decir que lo hemos intentado, que fuimos valientes y sinceros pero no funcionó. Siempre se puede sacar alguna lección para el próximo intento, hasta llegar al definitivo. Como en otras situaciones de la vida, lo que nos tenemos que plantear es “¿Estoy haciendo realmente lo que yo quiero?”, “¿Qué haría en esta situación si no hubiera más gente en todo el mundo?” y “¿Qué haría si no tuviese miedo?”.