viernes, 19 de diciembre de 2008

La mujeres invisibles

Parece ser que cuando eres una mujer invisible, la moda cobra una relevancia titánica. Cuanto más invisible eres, más importancia. Porque claro, pensadlo un momento: una mujer invisible nunca se ha visto en un espejo, nunca ha podido tener una impresión de sí misma, es casi como si no supiera quien es en realidad, está a punto de no existir, sólo es una nubecilla, una débil voz interior. Puede llegar a dudar de si es real, de si esa voz de su pensamiento no será fruto de su imaginación. En estos casos, la ropa es todo lo que es visible que hay de ella.Todo lo que puede comunicar al mundo exterior, a la sociedad por decirlo así, lo comunica a través de como viste. Sus prendas son intermediarias entre ella y el mundo.

A la mujer invisible no le importa como son sus piernas, su tono de piel o su pelo. Le importa cómo hacen las medias ser a su piernas, el color de sus guantes y la frescura que pueda transmitir con su sombrero. Porque, insisto, ella de por sí apenas es nada, y siente que tiene que excusarse por ser tan poco. Siente que su ropa ha de justificarla por no hacer acto de presencia, es como su embajadora en un mundo de personas visibles.

Las mujeres invisibles salen cada día a la calle con aire -invisiblemente- marcial, decididas, con paso firme y sonoro y semblante secretamente concentrado, como si fuera un día de elecciones. Para ellas es de vital importancia el mensaje que lancen con su ropa cada día. Se trata de un código Morse con el que transmiten su afiliación a tendencias varias, expresan el panteón de memes que adorna su subconsciente, e incluso su humor o su coeficiente intelectual. Han de escoger con esmero un voto tan difícil; cada día se reinventan, se redefinen, cada día han de elegir al congreso de vestiduras representante de su cuerpo.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Juguetes

Cuando yo era pequeño, muchos juguetes funcionaban a cuerda. Eso, los que se movían; luego había los más inertes, aquellos cuya cuerda era la imaginación del niño. Eran juguetes exigentes, de alguna forma. Te enseñaban a aportar para divertirte, a no ser un simple espectador, un mero admirador de paisajes. Tenías que ser el protagonista y subirte al escenario. No daban algo a cambio de nada.

Ahora muchos juguetes son más activos que el niño en sí. Hablan, caminan, lloran y disparan. El niño apenas tiene que poner de su parte; el juguete está manso, a su servicio. Cuando se le agotan las pilas, las tira y se le ponen otras. Son la generación de juguetes hedonistas; la implicación personal del jugador es prácticamente inexistente.

Y es curioso ver como el tiempo que nos toca vivir se manifiesta como un fenómeno colectivo: cada tiempo se refleja no sólo en sus grandes temas, en su economía, su moda, sus leyes o su política; no hay sólo una cuestión central que irradie a las demás, sino la época salpica un poco a cada cosa, y cada cosa, hasta la más insignificante, está en perfecta concordancia con el resto para acabar conformando la personalidad de su tiempo.

martes, 9 de diciembre de 2008

Patios y balcones

Desde luego esos patios interiores de la manzana han de pertenecer a gente que tiene mucho más dinero que yo, de eso no cabe duda. Son patios enormes, y cada propietario le ha dado la utilidad que más le ha apetecido. Hay patios que son verdaderos jardines, hay patios con glorietas para eventos sociales, patios para que jueguen los niños y patios que se utilizan fundamentalmente para que el perro corra y para secar la ropa.

Cada uno de los patios está encerrado en sí mismo; tiene su propio carácter y un muro lo separa el patio contiguo. Los niños de un patio ignoran los jardines que tienen al lado y la piscina de dos patios más allá. Tienen un gran espacio, pero están limitados a ese espacio.

Desde los balcones, en cambio, vemos todos los patios, sabemos qué provoca cada ruido y qué costumbres tiene cada propietario de los patios. Nuestro patio son todos.