jueves, 5 de febrero de 2009

Paredes

La mayoría de las personas no soporta las paredes vacías. Y ahí están, para ahuyentarlas, los cuadros, estanterías decorativas, los tapices...

Y es más: normalmente, quien no soporta las paredes vacías tampoco soporta las páginas en blanco, ni los silencios, ni los largos recorridos a través de una meseta, ni una vida sin ningún sentido.

Es una actitud muy humana que se remonta a los tiempos de las cavernas y sus pinturas rupestres. Ante la nada, el ser humano se manifiesta para poder ser humano, para poder ser algo distinto a nada, a la roca desnuda. Y es totalmente lógico que nosotros, como algo que somos, tengamos ese instinto natural contra la nada.

Pero cuando una pared está ya totalmente decorada, y pasan los años, la mayoría de la gente acaba por aborrecer esa vieja decoración. Pasa de moda. Pasa desapercibida. Pasa a ser nada, de nuevo.

La diferencia es lo que provoca el destello, la ilusión temporal de que algo ha cambiado. Pero la nada, o quizás el todo, es como el moho en una pared húmeda, o como el polvo doméstico, o como la ausencia de vida. Siempre vuelve, y siempre se ha de volver a eliminar.

Hay que pintar otra vez sobre las paredes pintadas, redecorarlas y tapar los agujeros de la decoración anterior, sustituir unos trabajos por otros, los pintores por los decoradores, los decoradores por restauradores, los restauradores por los arquitectos; los contables por los informáticos, los operadores por informáticos, los decoradores por informáticos, los dependientes por informáticos. En un ciclo que no acaba, y que no avanza. Nada se gana ni se pierde durante la transformación.

Estos trabajos inútiles, este ciclo de Sísifo, son los que se ahorra la pequeña minoría de personas que, sencillamente, no temen a las paredes vacías.