martes, 21 de octubre de 2008

Deseos

Cada vez que alguien me dice "Cómo deseo ser rico!", yo le respondo "No es verdad, no deseas dinero. Quien desea dinero, tiene dinero. Es de los objetivos más asequibles en la vida. Tú no deseas dinero: tú deseas dinero, pero sin tener que trabajar o estudiar demasiado, sin pasar noches en vela, sin dejar de ver a los tuyos, sin tener que dejar de disfrutar de la vida, sin hacer nada malo a los demás, sin renunciar a tu intimidad, a tu salud..." Y así una larga lista de "quiero dinero pero sin".

Además: si efectivamente te concediesen tu deseo, si tuvieras una fortuna, al poco comenzarías a desear cambiarla por otras cosas: "daría la mitad de esta fortuna por conocer el amor verdadero"; "daría una décima parte de mi fortuna por cambiar mi aspecto físico"; "daría una quinta parte de mi fortuna por alargar unos años mi vida"... Con lo cual volveríamos al ciclo de los deseos, estaríamos como al principio, cuando aún no había aparecido el genio!

Qué llenos de matices, qué complejos son los deseos; el que sean tan difícilmente expresables en una frase finita, el que estén tan llenos de condicionantes y sean tan mutables, me hace pensar a veces que quizá toda nuestra realidad, todo lo que somos, no sea más que un único deseo muy complejo y cambiante, que sólo tiene como objetivo intentar expresarse a si mismo con todas las palabras de que permite una vida, las verbales y las otras. Pero parece que nunca llega a encontrar todas esas palabras.

domingo, 19 de octubre de 2008

Intentarlo

Nunca había comprendido el significado real de loser. Es decir, me parecía cruel y prepotente que en USA fuera un insulto llamar "perdedor" a alguien. Hace poco, en la película Pequeña Miss Sunshine aprendí un matiz importante del término loser: no debería ser considerado loser quien pierde, sino quien no lo intenta. Quien se queda en el sofá pensando en cómo podrían ser las cosas. Y la verdad es que desde entonces utilizo "loser" con bastante frecuencia; en España hay un buen puñado de ejemplos.

Yo hoy me siento un poco menos loser, porque he intentado hacer algo por cambiar las cosas. Considero que hoy es el día en el que he pasado de ser un quejica a ser todo un inconformista hecho y derecho. Google ha organizado un concurso, Project 10 to the 100th. Se trata de un concurso de ideas para hacer cambiar el mundo. Yo tenía una, y la he enviado. Y no se trata de que piense que voy a ganar; sólo que he creído que para ser honesto conmigo mismo, no puedo pasarme toda la vida criticando aquello que está mal y no aprovechar una oportunidad tan clara de intentar que las cosas cambien. Sólo con participar en algo así, tienes la sensación de haber ganado ya un poco el concurso.

viernes, 17 de octubre de 2008

Progreso

Está bien, vamos a decirlo sin rodeos: el progreso, sencillamente no existe. Es algo así como uno de los dioses pequeñitos que se crearon cuando desmenuzaron al dios clásico: el puesto que ocupaba la deidad fue ocupado por un panteón de mitos.

Progreso: ¿cómo explica el progreso que la generación de nuestros padres tuviera a nuestra edad muchas más necesidades existenciales cubiertas que nosotros? Vivienda, trabajo, pareja...los grandes temas! Nuestros padres, en promedio, los tenían todos resueltos con pasmosa naturalidad. Hoy cada uno de esos elementos es un bosque de complicaciones.

¿Cómo explica el progreso que la historia sea en esencia cíclica y que ahora con el nubarrón de la crisis haya voces que hablen de una vuelta al comunismo? ¿Cómo explica que la próxima generación sea la primera en tener una esperanza de vida inferior a la de sus padres? ¿Cómo explica el deterioro ambiental, y cómo explica el avance del mal gusto?

Pues la respuesta es muy fácil: el progreso no explica nada de todo eso, porque el progreso no existe. No hay un rumbo, sino corrientes económicas que nos llevan a la deriva. La humanidad no va hacia ninguna parte, no hay un timón. Simplemente cada uno hace lo que mejor le parece en cada momento. Concentrándonos
tanto en el beneficio individual, es completamente normal que seamos ciegos al impacto colectivo de nuestras acciones.

Es cierto que se da la condición mercantilista de que para beneficiarse uno usualmente ha de beneficiar a otros (para forrarme yo tengo que vender productos atractivos a otros...) y eso crea la ilusión de que "avanzamos", de que "estamos prosperando". En realidad somos como bancos de peces: cada individuo busca su posición, reacciona por sí mismo, y el conjunto aparenta un movimiento coordinado.


Si es que ya deberíamos ser mayorcitos para tomar consciencia de lo que somos: la historia no viene marcada por los nobles ideales; la historia la escriben los estómagos y los penes. Si a los estómagos y a los penes les resultara más satisfactorio vivir en cavernas, todos volveríamos a las cuevas, y le daríamos una patada al MacBook Pro.

sábado, 11 de octubre de 2008

Miradas

Más, mucho más que en la inteligencia, creo en el baremo de las miradas. Hay personas que miran de forma desorganizada, o autoritaria, o incompasiva. Digan lo que digan los test, de estas personas no se puede esperar un gesto inteligente. Hay personas que miran con ojos temerosos, erráticos, como periscopios espías a los que el resto de los órganos les han dicho "id a ver que hay ahí fuera" y ellos han ido a regañadientes, no sin haber protestado "y por qué tenemos que ir nosotros... que vaya el hígado"... y efectivamente estas personas ven tanto con sus ojos como podrían haber visto con el hígado. Porque temen lo que puedan ver.

Hay miradas, en cambio, que acarician lo que ven. El mundo pasa a través de sus retinas sin hacer ruido, cautelosas se depositan las imágenes sobre sus neuronas como suave polvo. A sus ojos, nada es pequeño o grande, sólo necesario. Nunca son sus globos oculares extrañas glándulas segregadas y colgantes del resto del cuerpo, elementos blandos, extraíbles y vulnerables, sino que sus ojos son su propia persona.

Así, mucho pienso sobre si la inteligencia no es nada más trascendente que simplemente saber ver cada cosa con los ojos que le corresponden.

viernes, 10 de octubre de 2008

Adaptación

Parece que siempre hay que elegir: identidad o adaptación. Ser fiel a una serie de principios que, espontáneamente, surgen directamente de cómo eres, o adaptarte a las circunstancias para sacar el mejor partido posible. Reírle las gracias al imbécil de turno que a la larga te puede ser útil o decirle a la cara lo gilipollas que es. Una difícil decisión. Viene a ser como decidir entre ser fiel a ti mismo, pero tener poco que hacer, o ser fiel a la corriente de turno y ver aumentadas tus expectativas.

Casi siempre se cumple el principio general de que la opción más difícil es la más recomendable: sin llegar a extremos, es más recomendable adaptarse, y creo que a lo largo de los años he aprendido a callarme las verdades para mi propio provecho. No se trata de ser un vendido, es sólo que hay poca gente que esté en posición de decir las cosas tal como le brotan: sólo aquellos que no tienen nada que perder o aquellos que no tienen nada más que ganar. Se trata, simplemente, de que el orgullo, la identidad, proporcionan sólo un bienestar momentáneo, son un pastel tentador pero es mejor mantener la dieta, y dosificar los excesos. Es decir, mantener un equilibrio.

Y es sólo últimamente que me pregunto si esta recomendación general no tendrá alguna fecha de caducidad. Quizás el intentar adaptarse a demasiadas cosas que se van encontrando a lo largo de la vida finalmente no sea más que un lastre cuando por fin estás seguro de quien eres y de la historia que quieres montar. Puede ser que en algún momento sientas "la llamada de la naturaleza" para abandonar una manada que hasta el momento te protegía pero ahora que eres adulto inhibe tus posibilidades de organizar tu propia manada.