sábado, 29 de noviembre de 2008

O no...

El caso es que no era un mal filósofo, os lo digo en serio. Es decir, en la universidad fue un alumno destacadísimo, y por eso el catedrático de Estética lo había recomendado para una estancia en Viena. Introducido por su mentor en los círculos intelectuales de la época, conoció a la flor y nata del pensamiento de su tiempo.Y precisamente ahí comenzaron sus problemas, cuando tuvo que "salir al escenario".

Cuando todos se reunían, por ejemplo, para conversar durante una visita de Albert Camus, éste decía "el único problema filosófico importante que existe es ¿se ha de suicidar uno?". Y entonces se oía la vocecita de nuestro protagonista, de fondo, que decía "o no...". Todos se giraban hacia él, esperando una confrontación dialéctica. Camus le miraba interrogante. Pero él, entre el poco francés que sabía y que realmente creía ante una sentencia aleatoria así era suficiente un "puede que sí pero quizás no!", no decía nada más en toda la reunión. Además, en lugar de escuchar que si Sísifo que si el absurdo que si esto y lo otro, él sólo miraba a Camus y pensaba "qué mal lo tuvo que pasar este hombre en la guerra para acabar diciendo cosas así... si se fuera de vacaciones al Caribe o llorase dos semanas seguidas, o encontrase una buena mujer, seguro que se quitaría esa espina y cambiaría su forma de ver la vida..."

¿Que venía Sartre a dar una conferencia? Cuando se reunían en el backstage, Jean-Paul les decía "la existencia precede a la esencia". Y lo mismo. Se oía su voz que decía "bueno, o no...". De nuevo todos le miraban, y él, que ya sabía algo más de francés y se empezaba a hartar de que le mirasen con un bicho raro, añadía "quiero decir, ¿tú eso como lo sabes?. Podría bien ser lo que tú dices, pero también podría ser lo contrario, o cualquier otra cosa!". Ante un discurso tan revolucionario lanzado a la cara de una eminencia de la filosofía, todos le daban la espalda. Era todo un esquirol, alguien que parecía dispuesto a destartalar todo el esquema que tenían montado, alguien dispuesto a decirle al emperador que va desnudo.

Y así siempre. Hablando con Heidegger, éste le decía "el hombre es el ente abierto al ser, pues sólo a él «le va» su propio ser, es decir, mantiene una explícita relación de co-pertenencia con él". Y él le entendía -o sea que ya tenía más mérito que la mayoría de la audiencia-. Pero igualmente le decía "bueno Martin, quizás no...". Heidegger, ya mayor para esos sustos y encima con tuteo, comenzaba a remontar sus razonamientos, le explicaba desde qué supuestos partía, pero a todos sus axiomas, nuestro filósofo le respondía "tienes que admitir que eso no se puede demostrar y no tiene porqué ser así...".

Cuando, sitiado por la incomprensión de su entorno, se reunía consigo mismo y se decía "pero a ver, ¿qué coño estás haciendo?", tenía la sensación de haber nacido en la época equivocada. Sentía que sabía demasiado, comprendía demasiado bien las ideas y también las ideas contrarias, y comprendía que se imponían unas u otras sólo dependiendo de las necesidades de una época, no atendiendo a una Gran Verdad. Para él, la filosofía había nacido y muerto el día que Sócrates dijo "sólo sé que no se nada". Él creía que la filosofía estaba siempre orientada a las preguntas, y pocas veces podía llegar a las respuestas. Era una disciplina más cercana al arte o a los espectáculos de magia que a la ciencia o a la política. Era plantear conceptos que se quedaban dando vueltas en la cabeza de la gente, de forma etérea, y les ayudaba a vivir mejor, le allanaba el camino hacia la comprensión de otras cosas. Les servía para tomarse menos en serio todo, para tomar perspectiva del cuadro de sus vidas, para aligerar sus existencias. Pensaba "La filosofía en el mundo es más como gasolina que como neumáticos. Es algo más invisible, más sutil, que genera fuerza desde el interior. Luego son otros los que ejecutan los movimientos." Veía como progresivamente la historia de la filosofía tendía a la nada, a dar vueltas entorno a nada, a ir en contra la nada o a favor de la nada, y era lógico, porque no hay nada a lo que dar vueltas. Pero todos querían que esa nada llevase su nombre, y que se llegase a esa nada por su camino. Todos querían ser los gorilas dominantes del grupo y, curioso tratándose de filósofos, no querían oír ni un "O no...".

Total: tras diez años de infructuosa dedicación filosófica, volvió a España a ocuparse de las tierras de sus padres. En el pueblo fue muy bien acogido, todos le querían por su buen humor y sentido común.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Escribe!

Escribe tus cuadernos hombre! Si tienes una hoja en blanco, escribe algo en ella. No importa en absoluto si es bueno o malo, siempre habrá tiempo de tirarla hecha una bola después. Las papeleras son de lo poco en esta vida que permanece fiel.

Si tienes un cuaderno, un folio, escríbelo, llénalo de ti, deja tu huella. Marca una herencia, graffitea la vida! No dejes páginas en blanco reservándolas para una gran historia. La gran historia, cuando llegue, encontrará siempre una gran cantidad de folios esperándola, como huevos deseosos de eclosionar.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Aleph

Así fue como la divinidad me concedió el don, y pude ver todas las cosas como son realmente.

Como el lento despegue de los efectos de una droga, comencé poco a poco a darme cuenta de que la mesa en la que apoyaba también podría ser una silla -podría usarse como tal-; también podría ser un taburete, o un tablero de juego. Mirándola con más atención me dí cuenta de que también era música, y un ser vivo. Y un lujoso abrigo y un manjar exquisito.

Primero veía todo esto secuencialmente, una visión detrás de otra, pero el ritmo de las visiones se aceleraba, cada vez veía más cosas que la mesa era, y más cosas que eran las paredes, y los muebles, y las cortinas, y todo ello se amalgamaba como una tempestad de pájaros graznando horriblemente, emitiendo todos lo sonidos posibles a todos los volúmenes; oía susurros y también, al mismo tiempo, gritos de pánico.

Finalmente toda la masa de existencia pura se hizo una sola gran nube gris, un huracán descomunal de palabras en el que yo flotaba. Yo en aquel momento sólo sentía que era eso lo que quería, que había estado buscando esas palabras, todas ellas, que por eso le había pedido a la divinidad ver detrás del telón de la realidad aparente, el experimentar con mis propios sentidos como se puede hacer que todo sea lo que uno quiera. Ver qué cemento mantiene a todas las palabras unidas en nuestro interior.

Dirigí mi nueva mirada hacia mí mismo, y vi que yo era todos los hombres. Fue algo que no entendí al principio, pero realmente me veía como todos y cada uno de los hombres que han existido. Entonces mi nuevo yo colectivo, disgregado como un hormiguero en un incendio, cayó en la cuenta de que era al mismo tiempo el más sabio de los seres humanos, y el mayor estúpido.

Tras un fogonazo blanco, totalmente cegador, también las palabras que hacen que el tiempo sea tiempo, esas que tenemos tatuadas en las vísceras desde que nacemos, se desvanecieron. En ese punto, lo que anteriormente había sido yo era una especie de bola en una ruleta de casino, que transitaba velozmente entre todas las realidades posibles. Hubiera podido ser un puñado de arena, o un libro, o un ratón de peluche... pero cuando la ruleta se detuvo del todo, caí en la realidad en la que pasaría confinado el resto de la eternidad: me transformé en post de un blog.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Ernest Hemingway

Cuando era profe aplicaba una táctica para ahorrarme clases: poner trabajos a los alumnos y que ellos dieran la clase exponiéndolos. Inspirado por aquellas artimañas comienzo una serie de posts que no tendré que escribir yo (demasiado), sino que ya han sido escritos por los grandes: intentaré recopilar los grandes momentos literarios que he tenido la suerte de leer. Puede que me canse después del segundo post o puede que continúe; en el mundo de los blogs la continuidad siempre está en el aire...

Comienzo con el fragmento literario #1 en mi vida, extraído de "París era una fiesta" de Hemingway. Unas palabras que considero genuinamente inspiradas. Tengo la sensación de que algo que entra tan directamente, como una estocada limpísima, no puede haber sido premeditado, pensado. Es más bien como el movimiento natural y automático de una pierna al caminar o de una mano al coger el vaso. Es la transmisión pura de realidad. No creo que Hemingway pudiera escribir esto de otra forma que no fuera viéndolo, sintiéndolo realmente en sus carnes. Para mí, es la anti-ficción; no hay artificios (o parece no haberlos), es sólo un hombre que observa y siente, recuerda el pasado doloroso y lo proyecta sobre cualquier trozo de presente. Transmite de corazón a corazón sin apenas pasar por el cerebro. Dicho de otra forma, es poesía.

Con tanto árbol en la ciudad , uno veía acercarse la primavera de un día a otro, hasta que después de una noche de viento cálido venía una mañana en que ya la teníamos allí. A veces, las espesas lluvias frías la echaban otra vez y parecía que nunca iba a a volver, y que uno perdía una estación de la vida. Eran los únicos períodos de verdadera tristeza en París, porque eran contra naturaleza. Ya se sabía que el otoño tenía que ser triste. Cada año se le iba a uno parte de sí mismo con las hojas que caían de los árboles, a medida que las ramas quedaban desnudas frente al viento y a la luz fría del invierno. Pero siempre pensaba uno que la primavera volvería, igual que sabía uno que fluiría otra vez el río aunque se helara. En cambio, cuando la lluvias frías persistían y mataban la primavera, era como si una persona joven muriera sin razón.