miércoles, 12 de noviembre de 2008

Aleph

Así fue como la divinidad me concedió el don, y pude ver todas las cosas como son realmente.

Como el lento despegue de los efectos de una droga, comencé poco a poco a darme cuenta de que la mesa en la que apoyaba también podría ser una silla -podría usarse como tal-; también podría ser un taburete, o un tablero de juego. Mirándola con más atención me dí cuenta de que también era música, y un ser vivo. Y un lujoso abrigo y un manjar exquisito.

Primero veía todo esto secuencialmente, una visión detrás de otra, pero el ritmo de las visiones se aceleraba, cada vez veía más cosas que la mesa era, y más cosas que eran las paredes, y los muebles, y las cortinas, y todo ello se amalgamaba como una tempestad de pájaros graznando horriblemente, emitiendo todos lo sonidos posibles a todos los volúmenes; oía susurros y también, al mismo tiempo, gritos de pánico.

Finalmente toda la masa de existencia pura se hizo una sola gran nube gris, un huracán descomunal de palabras en el que yo flotaba. Yo en aquel momento sólo sentía que era eso lo que quería, que había estado buscando esas palabras, todas ellas, que por eso le había pedido a la divinidad ver detrás del telón de la realidad aparente, el experimentar con mis propios sentidos como se puede hacer que todo sea lo que uno quiera. Ver qué cemento mantiene a todas las palabras unidas en nuestro interior.

Dirigí mi nueva mirada hacia mí mismo, y vi que yo era todos los hombres. Fue algo que no entendí al principio, pero realmente me veía como todos y cada uno de los hombres que han existido. Entonces mi nuevo yo colectivo, disgregado como un hormiguero en un incendio, cayó en la cuenta de que era al mismo tiempo el más sabio de los seres humanos, y el mayor estúpido.

Tras un fogonazo blanco, totalmente cegador, también las palabras que hacen que el tiempo sea tiempo, esas que tenemos tatuadas en las vísceras desde que nacemos, se desvanecieron. En ese punto, lo que anteriormente había sido yo era una especie de bola en una ruleta de casino, que transitaba velozmente entre todas las realidades posibles. Hubiera podido ser un puñado de arena, o un libro, o un ratón de peluche... pero cuando la ruleta se detuvo del todo, caí en la realidad en la que pasaría confinado el resto de la eternidad: me transformé en post de un blog.

1 comentario:

Leoncio Ortigueira dijo...

poético, muy poético... A ver si te leo más, que promete... Y pásate más por mi blog, estaré encantado de recibir saludos... y que conste que no soy gay, pero i kieres, nos linkeamos, a ver si captamos algo de público, no?