sábado, 12 de enero de 2008

Mañana de epifanía

Al día siguiente, a media mañana, salió a la calle. Era un día soleado pero frío de invierno, todo seguía en su sitio, pero todo había cambiado radicalmente. No sabía definir exactamente qué era, era una gran bola de sentimientos nuevos centrifugando agradablemente en su estómago, una especie de primer amor, una especie de lo contrario al miedo, una especie de gran olvido, de vértigo amigo, de levitación. De la misma forma que en algún momento de nuestras vidas, sin comprender exactamente el motivo, nos sentimos incómodos con nuestra desnudez en público, ahora él sentía como si se hubiese producido el efecto contrario, como de una forma subconsciente e incontrolada volviese a los orígenes. Los objetos se le aparecían de una forma mucho más sólida, mucho más relevante, como a los niños que miran las cosas con ojos de descubrimiento. Redescubrió los árboles, sus hojas, el ligero viento en su cara. La existencia había dejado de ser un conjunto de palabras, de etiquetas, para mostrarse tridimensional, pastosa, hirviente, palpitante. Los edificios, su barrio de toda la vida, le parecían bellos, artísticos, casi de forma insoportable; sentía una vibrante perfección en cada cosa, como si todo estuviese exactamente en el estado que le corresponde, como si todo formase una cremosa sinfonía. Sólo eran entonces las primeras horas, sólo se estaba asomando a su nueva vida, ahora libre del yugo del fluir económico, ahora que podía olvidarse del dinero para siempre. Ahora le habían abierto la puerta de la jaula y volaba libre. Ahora sentía que había despertado de un sueño sordo, obtuso, inmovilizante, que había durando muchos años, como un coma. Y por eso iba a la busca de un desayuno digno de la ocasión, un desayuno que siempre pudiese recordar.

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