sábado, 15 de marzo de 2008

A Devesa

De allí recuerdo el frío olor húmero de algas y piedra, y de jabón puro, artesanal, que exudaba del lavadero en el que las mujeres frotaban la ropa. Recuerdo el sonido constante, rítmico pero caótico como casi todo, del chorro de agua único que después fluía hacia los diferentes
compartimentos del tanque.

De la hierba emanaba un perfume intensísimo, verde, casi selvático, que con la claridad de un dardo se insertaba en el fondo de las fosas nasales y saltándose todos los controles accedía a las raíces de la memoria. Según soplase el viento, a veces se mezclaba con la brisa sorda, cálida y adherente procedente de los campos cereales. Ambos aromas formaban una bandera bicolor que ondeaba con brío y marcaba cada rincón con el símbolo del verano.

También estaba el olor a madera aún un poco verde ardiendo en la cocina de mis abuelos. Durante la mañana mi abuelo pelaba patatas en el patio, las gallinas a veces intentaban explorar la cocina, y se oía el canto jilguero, lastimero, de las ruedas de los carros movidos por vacas.

Un silencio mortal engullía al pueblo durante el mediodía. Parecía que la vida misma había quedado en estado de suspensión, esperando un semáforo, un permiso para volver a circular, como si de repente el tren del tiempo se hubiera metido en un largo túnel de otro universo. Ni los animales rompían aquel gran bloque de nada.

Las noches tenían cuerpos bordados de estrellas y cosquilleaban los murciélagos, a veces algún lobo proyectaba un aullido. La única iluminación era la de las charlas de madrugada.

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