domingo, 25 de mayo de 2008

Consciencia

Todos estaríamos de acuerdo en que una bacteria no sabe por qué hace lo que hace; procesa nutrientes de forma determinista, mecánica, sin posibilidad de elección. Claramente, no es una actividad consciente ni racional. A medida que subimos en el árbol evolutivo, nos encontramos mecanismos automáticos similares, cada vez más complejos; tampoco es consciente un pájaro de porqué hace un nido de una determinada manera, o de porqué empolla los huevos. De la misma forma una abeja no sabe porqué las celdas de su panal son hexagonales, y otros tantos ejemplos.

Todo esto lo digo porque hoy he tenido la sensación de que el ser humano tampoco sabe porqué hace las cosas más importantes de su vida, aunque les intente dar un tinte racional. Un ejemplo lo tenemos en las madres, que mayoritariamente sostienen a sus bebés apoyándolos con el brazo izquierdo, sean diestras o zurdas. Cuando se les pregunta por qué lo hacen, las respuestas son variadas: "así tengo el brazo derecho libre para hacer otra cosa" -en el caso de las diestras-, "porque así lo sostengo más seguro" -en el caso de las zurdas-, "comodidad", etc. Pocas se han parado a pensar que probablemente están usando un mecanismo ancestral de tranquilización del bebé, haciéndole escuchar los latidos de su madre.

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