jueves, 12 de junio de 2008

Fotografías

Puede que porque la mayoría de mi vida ha transcurrido en una relativa ausencia de fotografías y material gráfico en general, desprecio el valor de una fotografía, que para mí en ningún momento ha dejado de ser una curiosidad, o un artefacto de la vanidad; algo así como un espejo para periquitos o una pieza de bisutería. Es eternidad falsa, es un pseudorecuerdo de cajón que en ocasiones nos ahorra el esfuerzo de recordar realmente.

Tengo una imagen perfectamente definida, y la contemplo con cierta frecuencia. Es la escena de una joven madre que baña el domingo por la mañana a su hijo, muy pequeño; al acabar lo envuelve en una toalla amarilla y riendo lo carga al hombro como si se tratase de un saquito. Así avanza por el pasillo, hacia la luz que entra del exterior, y va gritando "¿quién quiere esta sardina?¿quién quiere esta sardina?!". Hasta llegar al dormitorio de los padres, donde le pasa el secador y lo deja charlando en la cama con el padre.

Esta imagen no sería lo mismo en una fotografía. Una fotografía es inmutable, te recuerda cada detalle que realmente fue. No evoluciona, y por eso siempre provoca una sensación de extrañeza, de desfase, cuando se mira al cabo de unos años: esa escena ya no es tan real, tan nuestra. En cambio un recuerdo se mezcla con todo lo que eres, se fusiona contigo. Te modifica, y tú a él. Quizás la toalla no era amarilla, y quizás no había tanta luz todos los días. Quizás el padre a veces hablaba más y otras veces menos. Pero la escena ha quedado así en mi interior, matizada, en continua redefinición. Cambia cuando yo cambio, se retoca mucho más sutilmente que con cualquier programa de edición de fotografías, permitiéndole mantener la esencia, aquello que realmente nos importaba captar.

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