lunes, 2 de junio de 2008

La confesión del veterano

Roisin, es difícil describir lo que me pasa. No entiendes por qué tengo estas rachas de tristeza tan profunda, y yo no lo sé explicar porque las tengo incrustadas entiendes? Lo mismo que la metralla de la pierna. Primero era un objeto extraño, una agresión. Desde el momento en el que los médicos dijeron que era mucho más arriesgado extraerla que dejarla, se convirtió en parte de mi cuerpo, tan imprescindible y propio como un dedo de una mano.

Me gustaría vivir sin memoria, Roisin, pero cada cana y cada cicatriz me recuerdan todo lo que he vivido. Todos mis recuerdos están ahí, como el Aleph de Borges, recuerdas? Están todos agolpados en el mismo sitio y al mismo tiempo. Todos los caídos, las vidas desperdiciadas, la esencia animal del hombre al desnudo, de los gobiernos en carne viva, las vísceras cruentas de la humanidad entera; toda la crueldad de lo que es capaz alguien que había sido panadero o sastre. Todo ello está en mi mirada como unos anteojos; está en todo lo que veo. Son cosas que se ocultan por un motivo, se esconden porque nadie debería tener que saberlas, son una brasa candente en tu cabeza.

Me dijeron que olvidara, pero nadie puede digerirlo todo. El corazón es como una arcilla endureciéndose, cuanta más forma toma, cuantas más opciones ama, menos flexible puede ser, ha de tomar una dirección. Las huellas de esos caminos que tomas acaban siendo tus cadenas, y las necesitas para ser tú mismo. Así es, Roisin: mi tristeza soy yo.

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