martes, 20 de enero de 2009

La torre

Cada uno conoce sus parajes, sus rincones. Conoce su país interior. Sabe a qué oscuros chamanes recurre en cada momento, a qué balnearios escapa antes de dormir por las noches. Cada uno sabe los pasados que ha viajado en su máquina del tiempo, en esa amalgama confusa, blindada, de la soledad interna.

No hay detectives que valgan. Es como una gigantesca ciudadela tal que, desde el exterior, sólo se puede escudriñar e intentar descifrar las sombras de las ventanas. A veces nos llevamos una sorpresa, y desde esas fortificaciones vemos a alguien que nos hace señales con antorchas. El interior se ha ido construyendo, fortificando más y más, transformando en un laberinto de estancias. Y ahora el habitante nos pide que le ayudemos a salir.

1 comentario:

Gabriela clavo y canela dijo...

En mi experiencia, a ese alguien que hace señas con antorchas, le llamo "gente chiquita". Y lo que más me sorprende no es que lo vea, sino que me responda con tales señas.


Un saludo.

Gabriela