domingo, 17 de mayo de 2009

Comunicación

Una blanca le explicaba al miembro de una tribu africana de donde venía (historia real). Cogía una especie de pelota y le señalaba dos puntos: "esto es el mundo; nosotros venimos de aquí y ahora estamos aquí más o menos". El indígena le respondía: "No puede ser, me estás mintiendo. Vosotros habéis venido en avión, que es muy rápido, y aún así habéis tardado horas en llegar. Si estuvieseis tan cerca como decís, ni siquiera hubiera hecho falta el avión. Además, fíjate: yo puedo poner mi mano entre donde dices que está tu casa y donde dices que está la mía, pero si pongo la mano en el suelo, no llego a tocar donde está tu casa".

A veces me parece que todos tenemos un poco de indígena dentro, que hay un porcentaje de nuestra visión de la realidad que cada uno se monta a su aire, sin que tenga ni la más remota conexión con la visión de los demás. Es como eso que dicen, que nunca podemos estar seguro de a qué color llaman "azul" los demás, como lo ven realmente. Sólo nos hemos puesto de acuerdo entre todos en que el mar y el cielo son azules: podemos llegar únicamente a eso, a pactar las realidades objetivas más comunes y prácticas. De hecho, tardamos entre un tercio y un cuarto de nuestra vida en ponernos totalmente de acuerdo en como funciona el mundo; es eso lo que se llama educación. Es decir, que la comunicación, el entendimiento entre tantos millones de tribus de una persona , es un auténtico milagro, algo realmente difícil.

Hace años, cuando comencé a trabajar en equipo, me dí cuenta de este tipo de cosas. Por un lado, a veces resulta sorprendentemente complicado convencer a otras personas, personas educadas y con carrera universitaria, de realidades que todo el resto de un equipo ve; hay puntos que, basándose en su experiencia personal y muchas veces subjetiva, no piensan aceptar. Por otro lado, me ha tocado comerme muchas directrices que me parecían erráticas e incomprensibles, procedentes de mis jefes. Hasta que llega un momento que te preguntas "¿y cuántas más cosas seré capaz de aceptar en contra de mis principios, de aquello de lo que estoy convencido? ¿cuál es el equilibrio entre adaptación e identidad?".

Y tuve la idea de verlo como un "núcleo duro": todo el mundo tiene un núcleo duro interno que no se puede penetrar (véase Un juego). En condiciones cotidianas (ir a comprar el pan, comprar un coche, mantener una charla intrascendente) sólo se usa la superficie, la interfaz de la persona. Son situaciones de mayor stress las que destapan su núcleo duro.

Seguramente la mejor forma de definir la identidad de una persona sea precisamente ese "núcleo duro", esas bases que no pueden ser quebrantadas sin peligro para la salud mental. El punto a partir del cual ya no se puede negociar ni pactar nada más.

Es decir: según yo lo veo, la auténtica identidad es el cese del diálogo, del pacto. Si hay posibilidad de diálogo -entendido como un diálogo productivo- sobre algo, es porque es una pieza accesible y reemplazable de nuestra personalidad, no una pieza básica.

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